miércoles, 11 de agosto de 2010

Me lo han quitado todo

Poeta cubano, estuvo preso veintidós años (1960-1982) por sus convicciones religiosas y políticas, contrarias a las ideas marxistas de la dictadura de Fidel Castro en Cuba. Su poesía, parte de ella escrita en prisión y sacada en secreto del país, se publico en dos libros, El corazón con que vivo (1984) y Ela alma de un poeta (1988).

“LA MEJOR TINTA”

Me lo han quitado todo

las plumas

los lápices

la tinta

por que ellos no quieren

que yo escriba

y me han hundido

en esta celda de castigo

pero ni así ahogaran mi rebeldía.

Me lo han quitado todo

-bueno, casi todo-

porque me queda la sonrisa

el orgullo de sentirme un hombre libre

y en el alma un jardín

de eternas florecitas.

Me lo han quitado todo

las plumas

los lápices

pero me queda la tinta de la vida

-mi propia sangre-

y con ella escribo versos todavía.

Original escrito con mi sangre y una astilla de madera

en abril de 1981 en las celdas de castigo de la cárcel

del Combinado del Este, en La Habana.

De El alma de un poeta (1988).

El toro del folclor

Carlos Chávez Toro, periodista por vocación y empresario por afición, viajó a lugares inimaginables de donde las personas no salían vivas. Fue observador una huelga de policías, mientras que las balas pasaban por su cabeza. Entrevistó a una Miss Perú y al día siguiente se encontraba al lado de una Miss Mundo. Entró a una cárcel en donde habló con delincuentes que mataron a sus madres y luego se encontraba dándoles la mano a leprosos en las fronteras del Perú. “¿Alguna otra ocupación te puede dar tantas recompensas? No, y tampoco puede quitártelas”, afirma el escritor del polémico libro “¿Quién mató a Alicia Delgado?”.

El popular “Charly”, como lo llaman sus amigos, regresó al periodismo no porque lo necesite para comer sino para vivir. Después de haber trabajado en diversos medios de comunicación y haber obtenido todo lo que profesional quisiera tener, colgó la pluma y decidió comenzar desde cero con su propia empresa, @CCESOPERU Diseñadores de Negocios en Internet. Sin embargo, no contó con la astucia del periodismo que lo haría regresar luego de más de 10 años.

Un poco fuera de forma retornó a su computadora y luego de cuatro meses nos presenta el libro “Entonces, ¿quién mató a Alicia Delgado? Claves para entender un crimen imperfecto”. Con un trabajo arduo e impecable pluma, Chávez Toro, recoge los testimonios y pistas que rodean un misterio hasta ahora no resuelto de “La princesa del folclor”, Alicia Delgado.

Armando el rompecabezas

Todas las balas apuntaban hacia ella. Abencia Mesa, “La reina de las parranditas”, se había convertido en pocas horas en la principal sospechosa intelectual del asesinato de Alicia Delgado. Las piezas parecían encajar; sin embargo, nuevos personajes se van sumando a la historia y el rompecabezas va tomando forma.

La obra, que destaca el estilo del Nuevo Periodismo, recoge los testimonios de las personas vinculadas al caso de “La princesa del folclor”. Entre ellos el arpista, Miguel Salas, con quien tuvo que pasar un día y someterse al atrayente ritmo vernacular, así como también a Gaudi Martel Calderón, hijastra de Alicia Delgado que tendría más que un motivo para asesinarla.

Con 4000 ejemplares bajo el brazo y la editorial Planeta de guardaespaldas, “Charly” saca la primera edición del libro. “El objetivo principal no es señalar al culpable, sino que al final del libro cada uno tenga su sospechoso”, señaló el hombre bajo de lentes pulcros y sonrisa de oreja a oreja.

Dame el tuyo, toma el mío

Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido. La puerta del 6&9 es tan discreta que nos hemos pasado de largo dos veces. Llevo encima un abrigo para camuflar mi look temerario y tres tragos de cerveza. J lleva una barba de cuatro días: lo veo tan guapo y tan mío que no puedo imaginar que en unos minutos se irá a la cama con alguien que no soy yo. Hay que tocar el intercomunicador. Deben estar viéndonos por una cámara. Nos abre un sujeto pigmeo y con cara de aburrido que dice que la entrada doble cuesta treinta y cinco euros. Vengan por aquí. Toman la posta dos mujeres atractivas, las relacionistas públicas (digamos lúbricas) del lugar. ¿Qué queremos beber? Estamos ante una barra larga y desierta. Somos los primeros, maldita sea. Son las once de la noche de un jueves en Barcelona. En el televisor sobre la barra se ve una película porno en la que un camionero la emprende contra una rubia quebradiza. ¿Es la primera vez? Sí. Vengan conmigo, nos repite una de las anfitrionas de hoy, con acento sevillano. Es menuda, lleva el cabello ondulado y unas botas hasta las rodillas parecidas a las mías. No es una anfitriona más: es la dueña del 6&9. Conoció a su novio por un aviso publicado en una revista swinger, se enamoraron y abrieron juntos este local para intercambio de parejas que ya tiene más de cinco años.

Esta noche es una promesa intergeneracional, multirracial y multiorgásmica. A diferencia de otro club como el Limousine, que se repleta de adinerados sesentones cuesta abajo, el 6&9 es popular por su buena disposición para recibir a jóvenes de clase media que todavía no veo por ninguna parte. En mi encuesta previa lo habían calificado además de «higiénico», un tema que yo había soslayado inicialmente por mi creencia de que el sexo es sucio sólo si se hace bien, pero que terminó siendo un punto a favor del 6&9 cuando decidimos venir. Seguimos a la anfitriona sevillana en un recorrido relámpago que tiene por finalidad describirnos el lugar y explicarnos las reglas del juego. Dejamos atrás el bar. Ésta es la sala del calentamiento, dice ella: aquí podéis bailar una pieza o echar un vistazo a la porno mientras bebéis algo. Bajamos las escaleras hacia un sótano que es la versión erótica de la caverna de Platón o, a lo mejor, la cueva donde se divierte una pandilla de antropófagos. A partir de aquí sólo se puede pasear como se vino al mundo. La llave para los casilleros se pide en la barra y luego aparece el impresionante escenario del escarceo: los treinta metros de cama en forma de ele que los fines de semana hacen crujir hasta cincuenta parejas a la vez, pero que a esta hora aún luce vacante. Justo enfrente, un dispensador de preservativos. A la derecha de los camerinos, el jacuzzi, y más allá las duchas para parejas y el cuarto oscuro, una especie de minidiscoteca nudista.

–Si no queréis nada con alguna persona basta con tocarle el hombro.

Ésta es la contraseña del 6&9. Cada club recomienda a los clientes una manera delicada de informar a los demás cuáles son tus límites.

–¿Y para qué es esta habitación? –pregunto.

–Es la habitación de las orgías. Aquí vale todo.

No me froto las manos, no trago saliva. Sólo miro de reojo a J con un signo de interrogación en la cabeza. Esto recién comienza.

Llevo aquí una hora y lo único que he intercambiado son cigarrillos. Se supone que deberíamos intentar ligar con otros swingers menos tímidos que nosotros, pero por ahora no atinamos más que a mirar. Me había pasado toda la tarde preparándome como una novia para su boda y seguir al pie de la letra las instrucciones del anuncio del 6&9: «Chicas, por favor, con ropa sexy». Me ceñí una súper minifalda negra con pliegues, cortesía de mi mejor amiga, una ex sadomasoquista. Me puse una blusa escotada del mismo color y unas botas altas que hacían ver apetecibles mis muslos flacos. Opté por la depilación total. Se la enseñé a J. Me dio la impresión de que al ver lo explícito de mis argumentos, él recién se tomó en serio adónde íbamos y para qué. La gente suele venir a un club swinger para no mentir. Había leído en la web de la North American Swing Clubs Association (Nasca) que el propósito swinger más elevado consiste en que, al relacionarte genitalmente con otras parejas bajo la atenta mirada de tu consorte, evitas sucumbir al sexo extramarital y al engaño. Según la misma asociación, más de la mitad de matrimonios comunes practica la infidelidad secreta. Nada, entonces, como los honestos swingers. Me intriga esta aventura conjunta, esta libertad sexual que surge del consenso, este adulterio vigilado.

Nunca habíamos pisado un club como éste, pero a J y a mí podrían considerarnos como una pareja liberal. Más por mí que por él. Me explico: mi primera vez fue a los dieciséis años (nada raro). A la misma edad, tuve mi primer trío (con un novio y una amiga) y mi primer trío con dos hombres completamente extraños (y con aquel antiguo novio de testigo). No es ningún récord, lo sé, pero es suficiente para que los liberales con membresía no me miren tan por encima del hombro. Con cinco años juntos, J y yo contamos entre nuestras experiencias liberales con un intercambio frustrado y varios tríos, aunque siempre con una tercera mujer. En cuanto a los celos, tema superado para los swingers, para mí siempre han tenido que ver con el amor o con la fascinación. Si él se enamora de otra o se fascina por alguien, me pongo celosa. Los celos para él pasan por el sexo: si otro hombre me toca, le rompe la cara.

Antes de venir, J mostraba una buena actitud y parecía tomar nuestra incursión swinger como una saludable aventura. Estaba dispuesto a dar el gran paso, o sea, dejarme llegar todo lo lejos que me propusiera, aunque prefería no decirlo con todas sus letras. Para mí, nuestro swinger-viaje era más un ajuste de cuentas (ver tríos sólo con mujeres en el párrafo anterior), pero a pesar de que confiaba en la buena fe de J, tenía miedo de un arrepentimiento de último minuto. Nunca puedes estar seguro de cuán liberal eres de verdad hasta que te encuentras al lado de parejas profesionales de la libertad y el exceso. Según el decálogo swinger, los arrepentimientos a medio camino se dan entre parejas inmaduras que no tienen la mente abierta ni los sentimientos claros. Lo que es un insulto para una dupla que se precie de moderna.

Estábamos tranquilos y esperanzados en poder cumplir esta máxima swinger: una actitud liberal se basa en la confianza mutua entre los miembros de la pareja. Un voto de confianza suficiente como para prestar a tu esposo a tus amigas de una noche. Porque un buen swinger es generoso con los compañeros liberales, pero sólo ama a la mano que le da de comer. Se zurra en el noveno mandamiento, pero vuelve a dormir a su casa. Lleva condones a las fiestas de fin de semana, pero permanece fiel todos los días de su vida hasta que la muerte los separe. Siempre he creído en mi capacidad de compartir y sobre todo en mi capacidad de usufructuar. Pero ahora, sentada en esta barra del 6&9, empiezo a preocuparme. Todavía no hemos sido más que tímidos voyeuristas. Veo al fondo del pasillo a un par de jóvenes con los que haríamos buena pareja. Había leído que la mejor estrategia para ligar en estos sitios es que las mujeres tomen la iniciativa. Al fin me decido. Cruzaré los metros que nos separan y me presentaré diciendo alguna genialidad como: «Qué tal, ¿por qué tan solitos?».

Por suerte llega nuestra anfitriona. Al notar nuestras caras de perdedores se ofrece a conseguirnos una pareja. Hacer el papel de celestina entre los swingers novatos está incluido en el servicio del 6&9. Miro hacia donde estaban mis primeros candidatos: se han ido. Muchas parejas, antes de ir al punto, prefieren empezar bebiendo unas copas mientras van descubriendo quién es quién. Es un signo más del refinamiento de estos leales y nobles heterosexuales, además de divertidos. Pero aceptar la ayuda de una celestina en minifalda no sólo sería grosero, sino también una prueba de que nuestra timidez nos ha derrotado. Ya es la medianoche. Unas treinta parejas se han acomodado en la sala de los ligues. Sólo los «martes y miércoles de tríos» se permite que ingresen hombres solos. Ahora todos están tomados de las manos en algún sofá, diciéndose secretos al oído. Las mujeres visten minifaldas y los hombres, camisas bien planchadas y están bien afeitados. Casi no hay grupos. A esta hora es evidente que algunos no sólo vienen a ligar, sino a enrostrar su mercadería a los demás y también a montar su propia película porno. Están las parejas retraídas y acobardadas, las escrupulosas que miran de arriba abajo a cada tipa y tipo que atraviesa la puerta, y las libidinosas que te desvisten con los ojos y te llevan mentalmente a la cama. Otras vienen simplemente a mirar, quizá porque no les queda más alternativa. Hoy, está claro, yo no sólo quiero mirar.

Hay quienes creen que los swingers están pasando de moda en Europa y en Estados Unidos porque a la gente le gusta más comprar que intercambiar. Prefieren gastarse el dinero de sus vacaciones haciendo turismo sexual, dejarse de cortejos y rodeos y pagar por una prostituta o un prostituto en lugar de ofrendar algo, digamos, tan tuyo. No recuerdo quién decía que el sexo es una de las cosas más bonitas, naturales y gratificantes que uno puede comprar. Los swingers podrían confundirse, así, con personas generosas y desinteresadas que no compran ni venden nada. A mí nunca me gustó intercambiar: siempre he tenido arrebatos de generosidad, egoísmos repentinos, ingratitudes y pequeños robos. Esta noche me siento preparada para que me paguen con la misma moneda. O con un poco menos. Porque la premura del intercambio no da tiempo para mostrar tus garantías, y esta pretendida equidad swinger puede acabar en injusticia. Miro a mi alrededor y sé que en este supermercado de cuerpos todos corremos siempre el peligro de llevarnos gato por liebre.

Pero, por lo que veo, el intercambio sólo consiste hasta ahora en altas dosis de caricias, exhibición y harto voyeurismo. Demasiado entusiasmo y nada de acción. En verdad pocas veces se llega hasta el final: digamos, a la cópula cruzada. Aun así, la transacción se pretende lo más justa posible. Si esta noche alguien se me acerca con intenciones de prestarme a su esposo, yo estaré obligada a prestarle el mío. Ni más ni menos. Pero la utopía comunista de Marx no es posible en el 6&9. El trueque siempre es engañoso: demasiado primitivo para nuestra mentalidad moderna. Nos sentimos ridículos y eso que aún estamos vestidos. La mayoría empieza a ser sospechosamente cariñosa con su pareja, salvo los de la mesa de al lado: un cuarteto de intelectuales fashion que parecen haber llegado juntos y, a juzgar por su conversación sobre el parlamento europeo, manejan bien la situación. Las otras parejas estacionadas en la sala de los ligues seguimos incomunicadas, mirándonos con el rabillo del ojo y preguntándonos si somos dignos de ellas o si ellas son dignas de nosotros. Empiezo a tenerle miedo a esta entidad abstracta llamada pareja swinger.

La tensión es tal que J y yo no tenemos ganas ni de besarnos. El esnobismo de ser swinger me está matando. Quiero refugiarme en el amor. Pero justo en medio de este trance existencial comienzan las olas migratorias hacia la zona nudista, el territorio del trueque. J y yo intercambiamos una última mirada cómplice antes de cometer el crimen. Bajamos a toda velocidad las escaleras que conducen hacia los casilleros del sótano. Vamos al encuentro de la terapia de choque. A juzgar por los vapores y los gritos, Lucifer debe vivir en las profundidades del jacuzzi del 6&9.

Primera vacilación de la noche: quitarse la ropa en medio de un iluminado pasillo, junto a dos «adultos mayores» mofletudos y en pelotas. Los abuelos, sin embargo, ni nos miran, y sus cuerpos, que ya han vivido el apogeo y la caída del imperio de los sentidos, desaparecen en la oscuridad. Optamos por copiar a los conservadores y nos envolvemos con unas toallas blancas. Todos nos miran. La gente tiene debilidad por las novedades. Paseamos por el lugar. En la súper cama de treinta metros, unas diez parejas se besan y acarician: algunas con sobrada calma y otras que parecen acercarse ruidosamente al clímax. Me decepciona no encontrar sexo en grupo por ninguna parte. Como recién llegados no podemos saber si los que ya están en la cama son el producto de varios intercambios discretos. Quizá ninguna de las parejas que se revuelcan en el lecho colectivo sea la original. Una breve ojeada alrededor nos avisa que la diversión parece estar en una cueva contigua, aislada por unas cortinas estampadas de penes azules. Ocho parejas en toallas bailan en la penumbra mientras la temperatura sube sin control. Se entregan al juego, aunque todavía no intercambian nada. Yo también me entrego.

Segunda vacilación de la noche: tener sexo delante de tanta gente. Me pregunto si estoy lista. Pero mi impaciencia estalla y se me despierta una especie de espíritu competitivo. Al ver que los demás se manosean, decido desmarcarme y regalarle a J unos minutos de sexo oral casero y devoto, escudada en la oscuridad, pero conciente del exhibicionismo de mi arrebato. Los demás se acercan a mirarnos y siguen nuestro ejemplo. Siempre quise ser una agitadora sexual y éste es sin duda mi cuarto de hora. J toma mi iniciativa con gusto. Las toallas se deslizan a nuestros pies.

Esta bienvenida a Swingerlandia ha estado bien para mí. Siento que he ganado algo de protagonismo y que el grupo se ha soltado gracias a mi buena acción. O al menos es mi fantasía. Comienzo a vivirla: creo que los compañeros han empezado a mirarme lujuriosamente. Creo que ha comenzado a tocarme un pulpo precioso. Creo que estoy en los brazos de un sujeto calvo. Su mujer se me planta al frente y empieza ese bailecito lésbico de videoclip que tanto les gusta a los chicos. La sigo, qué más da. Es guapa y muy delgada, suda y, para ser sinceros, tiene una cara de loca o de haberse metido éxtasis. Yo ni siquiera estoy borracha. Todos nos tocan y nos empujan suavemente a una contra la otra. La ola del deseo se propaga. ¿Pero quién es éste que no me suelta las tetas? ¿Es otra vez el calvo o es otro? Imposible saberlo.

En un segundo busco a J y lo veo con la chica éxtasis, también manoseando a su antojo. Siento un ligero escozor, pero nada serio. Imagino que él debe estar igual o peor. Me alivia saber que también se divierte y no se preocupa por mí, o al menos que lo finge muy bien. Sigo yendo de mano en mano, descubro que me gusta sentirme así, que nadie sepa quién soy, abandonarme a los caprichos de algo que está más allá de mi conciencia. Empiezo un juego solitario que consiste en toquetear con insolencia a las parejas que no se han integrado, lo que me hace saber que estoy excitadísima. Me miran mal y casi me hacen despertar de mi fantasía. Quizá estoy violando una regla swinger sin darme cuenta. No distingo entre los cuerpos anónimos a J. Me angustio, me hago la idea de que lo he perdido, si no para siempre, al menos por un buen rato. Pero entonces una mano penetra entre las ridículas cortinas y me jala hacia afuera.

He hablado con más de media docena de parejas swingers esta noche y todas defienden su opción como un antídoto contra el virus de la infidelidad. Juran que es una novísima forma de sexualidad, capaz de salvar matrimonios agónicos o al menos de estirarlos. Muchos no son otra cosa que versiones recicladas de aquellos cornudos y cornudas voluntarios de la década del setenta (o sus hijos) que consagraron el amor libre y el sexo extramarital. Devotos de la consabida frase: «La fidelidad es el falso dios del matrimonio». Creyentes de que su iconoclasta vida de pareja se enriquecerá sacando una que otra vez los pies del plato. Swinger significa «algo que oscila» y alude a esa facilidad humana para viajar de cama en cama. Define al tipo de persona que renuncia a hacerse de la vista gorda, que reniega de la doble moral y se atreve a actualizar sus máximos delirios con otras personas, aunque dejando que el amor sea el único campo minado para los intrusos. Pero esta regla también se viola a cada instante y algunos confiesan haberse enganchado alguna vez con la pareja de otro e incluso haberse visto a escondidas con ella. Hay casos graves de incumplimiento de contrato que se convierten en matrimonios de cuatro.

Georges Bataille decía que es un error pensar que el matrimonio poco tiene que ver con el erotismo sólo porque es el territorio convencional de la sexualidad lícita. Lo prohibido excita más, eso se sabe, pero los cuerpos tienden a comprenderse mejor a la larga: si la unión es furtiva, el placer no puede organizarse y es esquivo. Imagino que los swingers no le darían crédito al francés Bataille cuando además escribió: «El gusto por el cambio es enfermizo y sólo conduce a la frustración renovada. El hábito tiene el poder de profundizar lo que la impaciencia no reconoce». Para la mentalidad swinger, un matrimonio es impensable sin fiestas, sin orgías, sin una visita eventual a un club de intercambio. Yo imaginaba que éste sería un templo de sofisticación y placer al estilo de Eyes Wide Shut, la última película de Kubrick. Pero lo que ocurre dentro de un club swinger no se parece tanto a esas escenas de glamour y lujuria que la gente suele imaginar desde afuera. Para empezar, está lleno de panzones sudorosos y mujeres con siliconas. Tampoco es esa utopía de la paridad que quieren vender los políticos swingers: un mundo repleto de gente con fantasías para compartir y cuyo fin es reducir los índices de divorcios. Lo que dicen las cifras es que los divorcios son más comunes entre parejas liberales. ¿Y? A los swingers esto no parece importarles.

La mano que me jalaba era la de J, por cierto. Tras la virulencia del cuarto oscuro, ahora lo sigo hasta la súper cama en forma de ele. Queremos un momento de paz e intimidad. Comenzamos a acariciarnos, pero yo estoy desconcentrada. J, en cambio, ya está encima de mí, muy dispuesto. Le pregunto qué tal. Más o menos: no le gustó que la chica del éxtasis lo tocara con modales de actriz porno. Me sorprende mi éxito, le digo un poco presumida, y le susurro palabras al oído.

–¿Tuviste celos? ¿Tuviste ganas de matar?

–¿Tú qué crees? Me daban vértigos.

–Pero, ¿rico?

–…

–¿Rico verme con otro?

–No, francamente espantoso. Mejor si puedo evitarlo el resto de mi vida.

Yo le diré lo de siempre: verlo con otra me excita tanto como me duele. Hacemos el amor. Sin querer nos estamos comportando como unos swingers: nos han estimulado extramaritalmente y procedemos a consumar el sexo conyugalmente. De vez en cuando volteo a la derecha y a la izquierda, atenta a nuestros compañeros de cama. A la derecha hay una pareja de chicos que no llegan a los veinticinco años. Ella es tan morena que no parece de aquí. Él le practica un sexo oral con evidentes muestras de torpeza. Ahora hacia la izquierda: una pareja mayor, ambos muy gordos, me hace pensar en el peso de la costumbre. Ella está encima y no pierde su ritmo eficaz hasta que se viene. No sé si sentir pena o alegría por la evolución: a la larga llega el conocimiento, el declive. Y ese gesto lúdico e intrascendente que anhela hacer renacer una excitación ¿perdida? con experiencias nuevas es nuestra caricatura. Pero J entra y sale con una especie de furia tardía, y entonces mis cavilaciones se extinguen en un orgasmo larguísimo.

Entramos en receso, nos damos una ducha fría y salimos hacia la calefacción. En la sala conocemos a una pareja muy simpática. Él es transportista y ella, enfermera. J me dice que la mujer le recuerda a su profesora de matemáticas. Tiene gafas y unas tetas enormes. Me parece una bonita fantasía hacerlo con tu profe de mate. Ya dije que no soy celosa, aunque su marido se parece al Hombre Galleta. Es casi enano, corpulento y tiene el rostro rugoso. Ambos son dulces. Los cuatro nos hemos sumergido en el jacuzzi y la estamos pasando bien.

Tercera vacilación de la noche: hacerlo con la primera pareja poco atractiva que te dirige la palabra. Estamos ante un caso muy común dentro de este mundillo: uno de los miembros de una pareja (J) se interesa por un integrante de la otra pareja (profesora de matemática con tetas), mientras el otro elemento (yo) sigue pensando en que mejor sería volver a encontrar al calvo y a la loca del éxtasis y acabar lo empezado. En estos casos es mejor abortar el plan, recomiendan los expertos: un club swinger podría convertirse en el Club de la Pelea.

Ni lo sueñes, le digo a J cuando al fin nos quedamos solos. La pareja se ha ido a bailar al cuarto oscuro, de seguro creyendo que iríamos tras ellos. No me gusta el Hombre Galleta, el marido de la profesora, qué puedo hacer, aunque me decepciona no ser tan democrática como pensaba. Huimos de manera cobarde hacia la habitación de las orgías, un buen lugar para esconderse. Siguiendo nuestro atrofiado instinto swinger, llegamos por fin a lo que parece ser un intercambio de parejas con todas las de la ley. Hay unos espejos frente a una cama más pequeña que la de afuera, y allí se desparraman varios cuerpos jadeantes. En este punto sería muy complicado tratar de saber de quién es qué. El eufemismo pareja ya no tiene ningún sentido. No hay forma de individualizar, son una gran entidad: podría tratarse de Lengualarga, esa diablesa hindú con vaginas en todas sus extremidades, que está haciendo el amor con el nieto del dios Indra, aquel ser que tiene igual cantidad de penes. Los gemidos nos dicen que hemos llegado tarde, pero igual intentamos participar. Dos parejas muy hermosas parecen divertirse de lo lindo muy cerca de nosotros.

Cuarta vacilación de la noche: quizá sea una orgía privada a la que no estamos invitados. Una mujer que podríamos llamar la Yegua –poseedora de una gran energía sexual según mi Kamasutra de bolsillo– está masturbando a un tipo mientras otro la penetra. Ambos se detienen, tienen fuerzas para levantarse de la cama y ponerla contra la pared. La acometida es vibrante, hay un componente bestial en todo esto. La Yegua grita. Nosotros somos mudos observadores de las maravillas de la naturaleza, pero sobre todo de las maravillas de la cultura. Esta escena se trae abajo otro mito del mundillo liberal swinger: el de la igualdad de oportunidades. Aquí, como en el mundo real, sólo tienen éxito los que son hermosos y sensuales, los que van al gimnasio y se operan. Los que no, tienen que resignarse al onanismo. La competencia puede ser descarnadamente desleal.

Mira quiénes vienen por allá, me dice J. Vemos que están entrando la profesora de matemáticas y su marido, el Hombre Galleta, y rápidamente ocupan su lugar al lado de nosotros. Ella empieza a hacerle un fellatio y, una vez que logra su objetivo, se inserta dentro de él bamboleando sus supertetas y lo cabalga suavemente. J estira sus manos hacia los pechos de su profesora, mientras yo le hago un nuevo sexo oral a él. El Hombre Galleta hace uso de su derecho y estira sus manos hacia mí. Me coge los senos. Yo le cojo los senos a su mujer. Todos le agarramos las tetas a la profe. Deliberadamente monto al hombre dándole mi espalda y me quedo cara a cara con la profesora, quien a su vez recibe los embates de J desde atrás. Para este momento, el Hombre Galleta, con dos mujeres encima, ya me está masturbando con sus dedos de conductor de autobuses hasta que me vengo. Soy la única que alcanza un orgasmo. Me siento agradecida por tantas muestras de cariño desinteresado. Luego J y yo nos alejamos de ellos sin despedirnos.

Han pasado ya varios días desde que perdí mi virginidad swinger. Rebobino la película y vuelvo a viajar por un instante a ese mundo de intercambios sexuales. Veo a los desposeídos del placer siendo objeto de las multinacionales y sus tentáculos, pretendidos alquimistas del sexo que convierten lo banal en oro, que ofrecen paraísos artificiales, falsas fuentes de la eterna juventud y otros paliativos contra la infelicidad. Veo matrimonios al borde de la debacle, mujeres frígidas, adultos mayores, fármaco-dependientes, cocainómanos en última fase, buenos católicos, despojados del Viagra, eyaculadores precoces, micropenes, dictadores, impotentes, presidentes del mundo libre, clase trabajadora en general, swingers con los días contados viviendo la extinción del deseo como un infernal viaje hacia la desesperación.

Ésta es una noche de viernes en una Barcelona asfixiada de calor y J duerme con el televisor encendido en un partido de fútbol mientras yo escribo sin parar, tal vez esperando la llamada de mi amiga, la ex sadomasoquista, sintiéndome de todo menos liberal. Me regalo el privilegio de ver el mundo de los swingers y sus manjares desde la distancia: no de una distancia orgullosa, pero sí a salvo, con la tranquilidad de quien se sabe joven y amada, aunque sea con fecha de caducidad. No sé si era Aldous Huxley quien decía que es un problema descubrir un placer realmente nuevo porque siempre se quiere más. Cuando uno se lo permite en exceso se convierte en lo contrario: cada placer aloja la misma dosis de dolor. Sé que fui liberal alguna vez, pero sólo hasta que regresé del planeta de los swingers. He traicionado el voto de confidencialidad de la mafia. La última regla para un swinger es no revelar nunca lo que ocurre entre liberales del sexo. Quizá nunca lo fui.

Gabriela Wiener, Sexografías

http://cronicasperiodisticas.wordpress.com/2008/11/14/dame-el-tuyo-toma-el-mio/

Escribo

Los jóvenes siempre me preguntan, intrigados: ¿por qué escribes?

Escribo porque se me sube el indio, porque se me sale el monstruo, porque se me mete el diablo. Escribo como un anciano que va por la calle hablando solo. Escribo como un loco calato que te amenaza con su mugre y con su piedra. Escribo como un niño que juega con su pipilín.

Escribo porque sé que conmigo, ni a misa. Escribo porque todo lo que han escuchado sobre mí ha de ser verdad. Escribo porque les doy nervios y ustedes ni siquiera se toman la molestia de intentarlo disimular. Escribo, por supuesto, para vengarme. Para vengarme de todos y cada uno de ustedes.

Escribo porque escribir es bueno para la salud, porque, a veces, escribir me desencadena un llanto tan violento como la náusea que hace estallar un dedo en la garganta. Escribo para poder rugir, en consecuencia, para poder ladrar, para poder aullar como un pobre perro callejero al que han pateado brutalmente.

Escribo porque no tengo perro que me ladre. Escribo porque sé que no he de tener hijos. Escribo porque existe algo que siempre extrañaré. Escribo para nunca dejar de llorar a mis muertos. Los muertos que me acompañan a todas partes, los que velan mi sueño, mis fieles, mis queridos muertos.

Escribo por la misma hermosa razón por la que lavo platos doce horas en un restaurante, seis días a la semana. Escribo porque necesito la plata para comprar las pastillas de mi mamá. Escribo para que, si no me pueden respetar, me teman. Escribo porque, en el fondo, yo también me siento indigno, sucio, vil y feo. Escribo para distraer mi mente de los crímenes pendientes. O lo que es lo mismo: escribo para no tener nunca que matar a nadie, ni siquiera a mí.

Escribo porque no sé qué más hacer conmigo. Escribo en nombre de los traicionados, los tristes, los humillados, los parias, los linchados, los heridos. Escribo por los que ya no pueden defenderse. Escribo porque es posible que yo tampoco pueda más.

Pero también escribo porque escribiendo soy el más guapo del barrio. Porque cuando escribo es como si tocara el piano y millones me escucharan, absortos, enamorados, enardecidos, extasiados. Porque cuando escribo y solamente cuando escribo, me desconozco, me transfiguro, me convierto en algo poderoso y bendito y luminoso y santificado y lleno de gracia.

Porque escribir es la única manera que conozco de rezar. Escribo porque a veces, raras veces, oigo una voz que me dicta palabras excelsas que a nadie más sobre la tierra se le ocurriría combinar y, entonces, como sé que no soy yo, que no puedo ser yo, es de Dios del único de quien sospecho.

Escribo porque espero que mañana, él amanezca de buen humor y haga de mí su instrumento y se anime a volver a escribir por mi mano. Escribo porque estoy demasiado oscuro o demasiado libre o demasiado solo que es la aciaga mezcla de los dos. Escribo por la misma razón por la que leo o voy al cine o veo la tele: porque cualquier historia suficientemente eficaz hará el milagro de suspenderme, un rato, la existencia.

Escribo para sentir que tengo alguna cita con alguien, algún plan para el próximo sábado. Escribo porque quiero saber de qué color son mis circuitos, mis engranajes y mis tripas, porque necesito saber qué demonios tengo dentro: qué parásitos, qué aliens y qué antiguos espíritus me habitan.

Escribo porque no tengo esposa, ni confidente, ni psicólogo, ni cura, porque necesito urgentemente conversarme y contarme mis problemas a mí mismo y escucharme y tratar de comprenderme y perdonarme. Y perdonarme. Y perdonarme.

E

scribo para que algún desconocido muchacho que, de repente, está en Ferreñafe o en Satipo o en Cerro de Pasco me lea, por azar, un domingo en el periódico y, con un poco de suerte, le guste lo que escribo y así otro día me quiera volver a leer y si, de repente, un domingo, mi columna no se publica porque ese día me tocó estar en algún remoto lugar sin internet o porque me dio flojera escribirla o porque he muerto simplemente, ese muchacho que está en Ferreñafe o en Satipo o en Cerro de Pasco me busque y no me encuentre y entonces me extrañe. Y yo jamás me entere.

Escribo para que esta vieja computadora no me sirva sólo para masturbarme en las madrugadas. Escribo porque desde niño me he aburrido y me aburro y me aburriré siempre, mortalmente. Escribo porque esta película es muy lenta, porque este tono es muy monse, porque me pesa demasiado la mochila. Escribo porque tengo mucha bronca, mucha hambre, mucha pena, mucha prisa.

Escribo en la ilusión de que –ya que te he decepcionado en todo lo demás- por lo menos estés orgullosa de lo que escribo. Escribo porque siento que me abandonan las ganas y los recuerdos. Escribo porque se terminan los sueños y los amigos. Escribo porque escribir me da menos vergüenza que adorarte, menos vergüenza que mandar preciosas cartas al infinito y más allá, menos vergüenza que sentarme a esperar que quizás alguien, algún día.

Escribo para celebrarme y para destruirte. Para destruirme y para celebrarte. Escribo para que todos sepan que ya no te quiero pero cuánto te quise, que mi voz buscaba el viento para tocar tu oído. O que ahora, en realidad, te quiero más y que el solo hecho de saberlo te arrebate un poquito de felicidad. O te la duplique. Escribo para resistir la tentación maldita de marcar tu número de memoria. Escribo para ver si, por lo menos así, me das un poquito de bola.

Escribo para recordarte que todavía estoy aquí. Que, contra todo pronóstico, resistí. Que, por si acaso, no me he muerto. Todavía no me he muerto, puta madre. Pero escribo, sobre todo, con el loco afán de llamar tu atención.

Para que me mires. Para que me mires, pero no me toques. Para eso escribo, para que no tengas ni siquiera la ocasión de sonreírme de lejitos, con dulzura. Para que no me hables, para que no me abraces, para que, por lo que más quieras, no me beses. Por favor, no me beses.

Beto Ortiz, Por favor no me beses

http://www.betoortiz.com/index.php?option=com_content&task=view&id=1803&Itemid=159

martes, 10 de agosto de 2010

La maga de la música



Tenía solo cinco años cuando aprendió a tocar guitarra. ¿Cómo? Veía a sus hermanas mayores


El gusto por la música siempre estuvo ahí. Recuerda su niñez acompañada de los infaltables discos y casetes de su madre y de su padre, melómanos. Quienes la acostumbraron a escuchar canciones de “La sonora matancera” y mucha zarzuela.


Recuerda sus días de infancia en un colegio militar de San Borja donde los profesores eran estrictos y los roles, tanto del hombre como de la mujer, muy marcados. Odiaba las clases de tejido, bordado y cocina: “No ataba, ni desataba”, cuenta ella, por lo cual enviaba a su madre ha hacer sus quehaceres escolares. Ella hubiese preferido participar de la banda de su colegio, o jugar a la construcción con sus compañeros, pero en aquellos días solo podía acostumbrarse a “los juegos femeninos”.

Fue una niña tímida a la que le gustaba pintar y la que, paradójicamente, jamás participó de una obra, de un musical, o de alguna actuación por el día de la madre. Nos cuenta que debía elegir entre llevar clases de pintura o de música; sin embargo, ella optó por la primera opción. Aunque más que pintar siempre le gusto dibujar. No le gustó el colegio ni el método con el que enseñaban, no obstante, recuerda con mucha nostalgia a su profesor de arte quien fue diferente a los demás, más cercano, menos estricto, mas buena gente.


Magali empezaba aquella transición entre la niñez y la adultez y ya gozaba de mucho conocimiento musical debido a los diferentes gustos de su familia. Sus padres escuchaban opera y sus hermanas música de los setentas y de los ochentas, rock, trova, canciones progresistas y de protesta. Eran tiempos en los que el acceso a la música no era tan fácil, en los que se intercambiaban casetes con los amigos por la tarde y se escuchaba música por simple gusto.


Ella tenía 16 años y el país se sacudía por un contexto de hiperinflación, de violencia y de crisis, pero el amor estaba en el aire. En esos días conoció a su primer enamorado quien la acercó más a la guitarra y le enseño a leer partituras.

La época del colegio se esfumo entre melodías, acordes, besos y dibujos. Las familias trataban de sobreponerse a tremenda crisis que azoto al país en la década de los ochentas y ella quería estudiar diseño publicitario, pero debía esperar ya que tenía 3 hermanas estudiando en universidades diferentes.


Entonces, como muchos otros jóvenes, se inscribió en clases de inglés. Paralelamente empezó con las de guitarra, aunque tiempo después dejaría de lado el inglés sin permiso ni conocimiento de sus padres. Trabajó como recepcionista y como secretaria, no obstante, se dio cuenta que trabajar como anfitriona de cigarrillos o cerveza era más rentable. Nunca le gustó los horarios de oficina y mucho menos las largas horas de espera. Pero debía seguir con aquella extraña pasión que se apoderada de su alma. La música.


Un efecto por defecto

El destino le tenía una buena pasada. Pese al sueño truncado de estudiar diseño, Magali encontró su verdadera pasión en la música. Las partituras, el ritmo, la combinación de sonido, entre otros, empezaron a convertirse en el amor de su vida. Primero ingresó al Instituto Kodály de Lima, donde comenzó la aventura musical estudiando Dirección Coral y se instruyó con uno de los mejores cantautores peruanos, Juan Diego Flores, aunque no en las mismas aulas. Más adelante seguiría tratando, junto con su hermana, en el Conservatorio Nacional del Perú donde culminaría sus estudios en la especialidad de Contrabajo.

Su talento la ha llevado a participar con una serie de reconocidos grupos, tales como Líbido, Frágil, Daniel F, entre otros. Sin embargo, alguna vez trató de formar uno. Sándalo era el nombre conformado por un grupo de amigas, entre ellas la fundadora Magali Luque, en la cual tocaban temas propios y en donde experimento la rudeza del mundo musical. Sus anécdotas e historias son cosas que aún recuerda. “Conservamos la amistad, pero no la música. En la aventura solo quedan pocos”, nos cuenta sin temor a equivocarse.


Posteriormente, caminaría sola entre las notas musicales y escribiría su vida en una nueva partitura. Lanzándose como solista en el 2007 con su CD Básica, nos recuerda los sentimientos principales que mueven al mundo.


Actualmente, Magali se convierte en un puercoespín sobre las tablas del teatro El Olivar. Junto a las hermanas Paz, Andrea y Claudia, Magali Luque muestra su versatilidad en el mundo del arte e interpreta a Clavito, uno de los personajes de la obra “Conejo, todo para conejo”. Esta vez no solo su voz nos deleitará sino también utilizará todos sus talentos para introducirnos en un mundo infantil.


´La maga de la música´ nos encanta a través de sus hechizos, conjuros que son plasmados en sus letras de amor y desamor. Casi como el canto de una sirena, nos atrae hipnotizados a sumergirnos en un mar de melodías para el deleite de nuestros oídos.

Mi puto pecado

La noche es virgen, mí pecado no. La Av. Arequipa se convierte por las noches en el lugar perfecto para satisfacer las necesidades más perversas e indecentes de limeños avezados que buscan un poco de sexo. PK2 es el lugar perfecto, pero no para todos. El “otro equipo” se apodera del ambiente. Las luces de neón y la música exclusivamente electrónica para sacar a tu verdadero yo, atraen a hombres vestidos de mujer y a otros individuos que tratan de guardar la apariencia de camionero barbudo. “Pónmela otra vez, pero más fuerte”, le dicen al Dj del bar. El reloj marca las 12 y con cierta sensualidad el hambre y la sed se desbordan, mientras que entra al local la nueva adquisición sexual. Ángel se encuentra perdido en el nuevo ambiente.

Furibundo por la resaca, Ángel despierta de un profundo sueño. Lleva puesto los mismos pantalones de la fiesta de ayer, la boca le sabe a ron y su aspecto irreconocible lo obliga a bañarse. La marca que lleva en el cuello le trae recuerdos de su noche salvaje, en tanto una chalina color virginal disimula el beso de la mujer vampiro. Nada le quedaba claro, los recuerdos difusos se tornan oscuros. Son las 7 p.m. cuando decide tomar su celular y llamar a Eliot, uno de sus amigos del colegio quien hace pocos meses decidió decirle sobre su inclinación sexual.

-¿Eliot, habla brother qué planes para hoy?

-Habla tío que tal, aquí pues alistándome para salir con unos amigos.

- Ya pes, voy a tu casa en media hora ¿Te parece?

-Ya vente, normal. Pero…

El celular dio su último suspiro, Ángel no recordó recargarlo luego de dos días de salidas furtivas con alguna de sus ex enamoradas. Creyó poder hacer de las suyas esa noche, sin saber realmente lo que le esperaba. Tomó las llaves de su casa y cerró la puerta despacio para evitar el chasquido de la puerta le trajera problemas con la menopáusica de su mamá, Evita. Partiendo desdeLa Molina toma el autobús que lo llevaría a su siguiente destino, Pueblo Libre. Después de 45 minutos de tortura deja el asiento de metal y el melodioso sonido del ronquido de su compañero de asiento. La música que se dejaba oír a media cuadra del lugar de encuentro guiaba los pasos cada vez más apresurados de Ángel. Impaciente toca el número 401 del edificio color naranja chillón que opacaba a las demás viviendas.

-¿Quién?- dijo una voz muy femenina.

-Buenas noches, ¿Se encuentra Eliot?

- Claro papi, pasa.

Ángel estaba más seguro que nunca, sería su noche. Esa voz ronca sólo podría provenir de una sirena. Su cantó despertó en el a Pirulino, su compañero de batallas interminables con mujeres prácticamente insaciables. Subiendo por el ascensor esperaba con ansias el encuentro. Su primera impresión fue impactante, quedó anonado y con la boca abierta, pero lamentablemente no por su belleza sino por el hecho de saber que esa voz exquisitamente ronca provenía del cuerpo de un hombre con cabellera larga, de tez morena, y que vestía un polo ceñido al cuerpo color rosa. “Hola papi soy Alexandra”, acercándose para darle un beso en la mejilla. Siguió como si nada hubiera pasado, mientras que Eliot lo llamaba por su nombre y lo invitaba a unirse con el grupo para entrar en ambiente. Ángel trató de cortar la circulación de su cuerpo para evitar que la sangre llegue a denotar el momento más incómodo de su vida. “Necesito un trago”, dijo, en tanto esquivaba el abrazo de su amigo. Se dirigió a la cocina mientras escuchaba las voces femeninas de 2 hombres que provenían de la sala de la casa adornada con una alfombra de piel de leopardo y sillones de colores apastelados.

Uno de ellos entró a servirse un trago. Le tomó la mano dándole un ligero apretón: “Hola, soy Carlos, no te preocupes que no muerdo”. Carlos era alto y con un cuerpo fornido que asentaban bien con su cabello ensortijado y su voz gruesa. Nunca hubiese creído que el fuera gay si Eliot no me hubiese dicho que era la pareja de Alexandra. Ambos pasaron a la sala y cuando el reloj marcaba las 11:30 ya era hora de ir al local. Dejaron el ron a medio acabar y el cenicero desbordado por cenizas y colillas de cigarros mentolados. Los ojos marrones claros de Ángel dejaban a relucir la ilusión de poder ir a cazar verdaderas presas sin sorpresas que dar. Bajaron por las escaleras y tomaron el primer taxi que se asomó. No importaba el precio, todos sólo querían llegar. “Av. Petit Thouars 1868 (Alt. Cda. 18 de la Av. Arequipa).”, dijo Eliot al taxista que vestía una camisa a cuadros y una gorra color amarillo patito. El taxista tomó Javier Prado y siguió su camino, mientras que en ocasiones echaba una mirada asqueada por la falta de pudor de todos los pasajeros.

Ángel trataba de mantener el perfil bajo, no quería que lo metan en el mismo saco, especialmente de Alexandra quien esbozaba una gran sonrisa luego de su travesía sobre las piernas de Carlos. Todo el panorama solo mostraba calles solitarias, sin ninguna puta ni mujer con quien Ángel se podría meter. “¿Estaré en La Arequipa?”, se preguntaba en tanto inspeccionaba los alrededores.

-¿Dónde estamos?- dijo Ángel.

-Ya verás, papacito- dijo Alexandra con su voz sensual, mientras tocaba el timbre de la casa 868 que se encontraba a cinco pasos de la esquina.

La reja negra se abrió y mientras cruzaban el umbral de la puerta, Ángel empezaba a ser conciente del problema en el que se había metido y en los que se metería luego. Un pasadizo oscuro simulaba la fachada de un bar homosexual. PK2 eran las letras inmoralizadas en un gran cartel con luces de neón que cambiaban constantemente de color. Alexandra se dejaba llevar por la música electrónica y en una especie de éxtasis acorrala a Carlos en el pasadizo y le da un beso del cual Ángel fue testigo y nunca olvidará. Aceleró el paso para borrar la imagen de su mente y empujó a Eliot que estorbara el camino.

Televisores con imágenes repugnantes hacían de la mente de Ángel un infierno: sexo oral, penetraciones rítmicas de dos veces por segundo, penes enormes que hacían de Pirulino el hermano menor y gemidos exagerados de hombres que eran penetrados por otros con musculatura impresionante. Un caballero con camisa rosada los invita a pasar a la barra y les pide S/8 para la entrada. Eliot saca su billetera color verde claro y con un billete de S/20 cancela el pedido de los dos. Sabe que su compañero no daría nada dado el sitio en el que estaban. El “hombre” aproximadamente de 24 años les otorga el pase y les obsequia un preservativo de regalo para que hagan de las suyas, mientras se retira en búsqueda de sus nuevos clientes a pasos afeminados. Caminando por el local, Ángel es bombardeado por miradas lujuriosas de hombres indecentes entre 20 y 40 años, de los cuales algunos miraban hipnotizados la nueva película porno que se estrenaba en el local. La nueva presa camina por la sala para sentarse en uno de los sillones de cuero que se encontraba en la esquina para no ser fastidiado. Sólo necesita tomar, quedar inconciente y olvidar el sitio en el cual se encontraba.

La barra estaba totalmente vacía. Todos los visitantes ocupaban los sillones y disfrutaban de una jarra de cerveza Quara, la cual era acompañada por un “agarre bien calentón” con cualquier desconocido que se les acercara. Omar Rodríguez atiende a los visitantes al compás de la música que viajaba por el local. Trabaja ahí por 3 años y dice ser bisexual aunque su esposa no sabe de ese insignificante secreto. Le ofrece a Ángel una jarra de sangría por ser su primera vez esperando a que se repita el encuentro en un futuro cercano. Ángel haría todo por un poco de alcohol, eso lo sabemos todos. Le guiña el ojo y se dirige a su asiento con la esperanza que el regalo se repita.

Eliot había desaparecido, junto a Carlos y Alexandra. Una sala era dividida por una tela transparente color rojo que intrigaba a Ángel por momentos. Un poco picado y con mucho líquido almacenado en su hígado lo obliga a dirigirse al baño. Cruza la tela y observa en la habitación cabinas las cuales supondría que eran urinarios privados. “Los gays son muy exquisitos. En este nuevo mundo todo es posible”, se dijo mientras que se dirigía a misionar. La primera puerta llevaba cerrojo, razón por la cual se dirige al “urinario” del costado y encuentra a un hombre poniéndose el preservativo dispuesto a entrar en acción en cualquier momento junto a un señor que llevaba el pantalón bajo de las rodillas y en una pose quebradiza. Ángel corrió despavorido al otro cuarto y siguió su destino a la barra con gran urgencia tratando de encontrar a sus amigos. Eliot sale de la habitación ubicada detrás de la barra, al lado de sus dos amigos. Omar los despide con entusiasmo cuando Eliot logra divisar la cara despavorida de Ángel en el rincón de la pared.

-¿Dónde mierda has estado? Webon- dijo Ángel que llevaba ya bastantes tragos demás.

-Aquí pues divirtiéndome un rato.

- Divirtiéndote imbécil y yo qué. Pudriéndome con un montón de cabros que me han creído hasta puto.

- Eso te pasa por venir de rojo pues papi. Aquí todos son toros, tú que crees. No te hagas el webón bien que sabías. Tendrás el nombre, pero nicagando la cara de un ángel- Alexandra pronunció exaltada, mientras que Carlos la abrazaba por detrás.

- Lo lamento Angelito. Nos estábamos entreteniendo un ratito. Aquí atrás que alquilan habitaciones a 8 lucas la hora, y ya pues yo y Alexandrita cumplimos 3 meses y queríamos experimentar nuestro primer trío.

Ángel prefirió jamás oír eso. Se paró y se retiró sin más que decir. Nunca más volverá a pasar aquel calvario en el cual vivió los peores momentos de su vida. Las putas y los cines porno se convertirían en su nuevo desfogo sexual. Tomó el primer taxi que se le apareció, mientras que Eliot lo seguía para tratar de calmarlo. “A La Molina, por favor”, le dijo al taxista y se retiró lo más rápido posible. Los tragos tomados no fueron suficientes para borrar los recuerdos de aquella noche que se convirtió en el puto pecado que lo seguirá para toda su vida, sin importar que se haga llamar Ángel.